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Durante años he visto lo mismo repetirse en consulta:
personas con dolor que han aprendido a convivir con él…
porque nadie les ha explicado realmente qué está pasando en su cuerpo.
Dolor lumbar que vuelve.
Cervicales que no terminan de mejorar.
Bruxismo, molestias digestivas, tensión constante.
Y muchas veces no es falta de tratamiento.
Es falta de comprensión.
Mi forma de trabajar parte de una idea sencilla: el cuerpo no funciona por partes aisladas.
Una lumbar, una rodilla, una cervical o un dolor abdominal pueden tener detrás relaciones anatómicas, viscerales, nerviosas o vasculares que conviene investigar antes de tratar solo el síntoma.
Porque muchas veces, el lugar donde duele no es necesariamente el lugar donde empieza el problema.
Soy fisioterapeuta y osteópata.
Me formé primero en fisioterapia y después continué profundizando en osteopatía, una formación que me permitió ampliar la mirada sobre el cuerpo humano: no solo músculos, tendones y articulaciones, sino también sistema visceral, vascular, nervioso y hormonal.
Con los años he seguido formándome en distintas áreas, como pediatría, neuromodulación y movilización del sistema nervioso periférico, siempre con el mismo objetivo:
entender mejor el cuerpo para poder ayudar mejor a cada paciente.
Durante mis primeros años como fisioterapeuta comprendí algo importante: muchos problemas no podían explicarse únicamente mirando la zona donde aparecía el dolor.
La osteopatía me aportó una visión más global del cuerpo y me ayudó a entender las relaciones que existen entre diferentes sistemas: muscular, articular, visceral, vascular y nervioso.
Desde entonces, mi trabajo no consiste solo en aplicar una técnica.
Consiste en observar, preguntar, explorar y relacionar.
En buscar conexiones que muchas veces pasan desapercibidas, pero que pueden ser importantes para entender qué está ocurriendo.
No me interesa únicamente aliviar una molestia.
Me interesa entender qué puede estar contribuyendo a ella.
Por eso realizo una valoración global de cada caso, teniendo en cuenta no solo la zona que presenta síntomas, sino también otros factores que pueden estar influyendo en el funcionamiento del cuerpo.
Cada persona es diferente.
Y cada tratamiento también debería serlo.
La primera parte de mi trabajo es escuchar y valorar bien.
No solo qué te duele, sino desde cuándo, cómo empezó, qué lo empeora, qué lo mejora, cómo se comporta ese dolor y qué relación puede tener con tu historia, tu actividad física, tu contexto o tu estado general.
Porque poner nombre a un dolor no siempre significa entenderlo.
Una lumbalgia no es un diagnóstico.
Es una forma de decir que te duele la lumbar.
La pregunta importante es: ¿por qué?
Ese “por qué” es el punto de partida de mi forma de trabajar.
Detrás de cada dolor hay una historia.
Una forma de moverse.
Una forma de vivir.
Un contexto.
Un cuerpo que lleva tiempo adaptándose como puede.
Por eso intento mirar más allá del síntoma y comprender a la persona en su conjunto.
Porque no trato diagnósticos.
Trato personas.